KINTSUKOROI

El 6 de agosto de 1945 a las 8:15 la ciudad de Hiroshima quedaba devastada en breves segundos por la primera bomba atómica.

Murieron más de 105.000 personas y más de 130.000 resultaron heridas.

La bomba se llamaba “Little Boy”.

Y no sólo arrasó con todo, sino que dejó secuelas de radiación durante décadas.

El 9 de agosto, se lanzó la segunda, llamada “Fat Man”, sobre Nagasaki con más víctimas incluso.

Con ello se forzó la rendición de Japón y fue el final de la Segunda Guerra Mundial.

El 7 de agosto de 2017 visito Hiroshima.

Hace 72 años y un día.

No es mucho. Mis padres ya habían nacido.

Podía haber ido un día antes ya que cada aniversario realizan actos conmemorativos.

No me apetecía.

No tenía especial interés en la ciudad.

Pero está de paso hacia la Isla de Miyajima.

Sólo quería curiosear un poco.

Esa mañana amaneció diluviando y había amenazas de tifón escala 5.

Cogí el Shinkasen desde Kyoto.

Era una de esas mañanas espesas.

Llovía, me costó encontrar la parada del bus a la estación, llegué un poco más tarde, mientras corría a intentar atrapar el tren se me abrió la mochila y todas mis cosas se esparcieron por el suelo….

Perdí el tren.

La mañana estaba espesa y yo también.

He aprendido a no cuestionar mis emociones.

Las dejo ser, las dejo estar… aunque no encuentre el motivo.

Se derraman solas como la lluvia.

El tranvía me deja cerca de la Genbaku Domu o cúpula de la bomba atómica.

Un edificio construido en 1915 y que tras la bomba quedó en pie con la estructura de la cúpula totalmente visible.

La Genbaku Domu es un cadaver.

Llovía cada vez más fuerte.

Llevaba un paraguas transparente como los que llevan todos los japoneses.

No sé por qué, pero siendo como intuyo que son, seguro que tienen un motivo.

Caminaba despacio hacia el edificio.

Sólo se oía la lluvia.

Y de vez en cuando el graznido de un cuervo.

Los cuervos campan a sus anchas por los huecos de las ventanas.

Como los guardianes de un tétrico territorio.

Una extraña sensación comienza a anudarse en mi estómago.

El resto de los pocos turistas se acercan con cautela.

Apenas nadie habla.

Nadie rie.

Hacemos alguna foto al edificio.

Pero nadie se hace fotos junto a edificio.

Quién quiere posar con un cadáver.

Observo las piedras desparramadas por el suelo.

Algunas partes de las pareces están calcinadas.

Otras se desintegraron en el acto.

El escenario sigue igual que hace 72 años y un día.

Abrumadoramente igual.

Siento un enorme deseo de llorar, pero no puedo.

Las lágrimas quedan atrapadas en algún lugar de la garganta.

No salen.

Sólo fluye la lluvia.

Las gotas se resbalan por el paraguas transparente.

Pensaba que iba a ver un edificio.

Pero la sensación se está volviendo insoportable.

Si yo puedo experimentar esto, ¿qué sentirá la gente de aquí al pasar por este lugar?

¿Por qué conservar algo que produce tanto dolor?

Kintsukuroi es un concepto japonés que consiste en reparar los trozos de cerámica rota con oro fundido.

De forma que la pieza adquiere una nueva vida y un nuevo valor.

Y no sólo queda reparada sino que las cicatrices doradas le dan una belleza al objeto que antes no tenía.

La capacidad de sobreponerse a la adversidad es una característica del carácter japonés.

Decidieron conservar intacto el Genbaku Domu y covertirlo en un monumento a la paz.

En algo bello.

Un acto de valentía, humildad y vulnerabilidad el mostrar las heridas abiertas al mundo con el fin de que no se vuelva a repetir….

Me fuí de Hiroshima antes de lo previsto.

Y en cuanto salí de allí, el sol salió y la espesura se disipó.

Me disponía a vivir una mágica experiencia en la Isla de Miyajima.

Pero eso ya, para otro día.