ESTE VERANO EL VIAJE ES HACIA DENTRO

Mi Facebook vive de las rentas del viaje a Japón del año pasado.

Mientras comparto recuerdos asimilo vivencias; momentos, sensaciones convertidas en pensamientos lejanos. Supongo que tardaré años en digerir aquella experiencia del todo. He descubierto que tengo límites para percibir el sufrimiento, pero también para el disfrute… tanto placer asusta.

Muchos me preguntáis si tengo planeado algún viaje.

Este año me dedico a ser turista de mí misma, y como mucho, de mi propia ciudad.

Un paseo furtivo por el Albaycin, descubrir nuevas veredas en el pueblo donde vivo, reencuentros con seres queridos y una calma tan profunda que ha detenido el mes de agosto.

Este verano no sueño, sólo duermo.

Y prolongo el desayuno hasta la hora del almuerzo contemplando las montañas desde mi terraza.

Sólo pasan las horas.

Sólo la brisca fresca y el canto de las chicharras.

Apenas me quedaba una rayita de batería.

Ha sido un año intenso
.
Más de doscientas personas me han elegido como acompañante en sus procesos vitales… es todo un honor y un privilegio, pero mis riñones no vienen con cargador… finalizar el mes de junio fue más duro que escalar el Monte Fuji.

Una mudanza con hipoteca incluida a la casa de mis sueños.

Dos historias.

Una apenas pasó del prólogo.

De la otra me leí algunos capítulos.

Las dos tenían preciosas portadas y finales alentadores.

La segunda incluso, podría haberse convertido en saga.

Pero me exigían ser un personaje que ya no soy, que no quiero ser.

Y no están los días como para escurrirse entre páginas que no merezca la pena leer.

O para epílogos previsiblemente dolorosos.

Ya no.

Mi corazón tiene las puertas abiertas para entrar y especialmente para quienes quieran salir.

Ahora mi tiempo y mi energía son mis más preciados tesoros.

Así que este verano hago turismo hacia dentro.

Descubro nuevas rutas de emociones olvidadas.

Me hago selfies con mis primeros pensamientos de la mañana.

Saboreo los dulces típicos de mis próximos proyectos.

Planeo excursiones hacia las sonrisas de mis amigos.

Paseo por los museos de mi memoria.

Me miro al espejo como si fuera la primera vez que me veo.

40

Cumplo 40, no pienso ocultarlo. Estoy orgullosa de ello. En una sociedad donde se valora a las mujeres por la juventud y la apariencia, yo me siento cada vez más cómoda con la madurez, con el sosiego de la experiencia y la calma de haber aprendido a quererme. Todos estos años, uno a uno, conforman quien soy. No reniego de ninguno. Ni volvería atrás. Sigo respirando y ese es el mayor regalo. Ninguna industria va a hacerme sentir que soy cada vez menos. Puede ser que haya más cabellos blancos en mi melena, pero también hay más lecciones aprendidas, más sueños cumplidos y más momentos apasionantes en mi memoria. Agradecida por lo que la vida me ha traído en esta primera parte, satisfecha de lo mucho que me lo he currado, feliz por los logros conseguidos y los fracasos superados. Expectante por lo que vendrá en la segunda parte… Amo la vida, me amo a mí misma… ¡¡que vivan los 40!!

SAN VALENTÍN

Mi padre nunca regaló un ramo de flores a mi madre…nunca… sin embargo, lleva más de cincuenta años cultivando un jardín con decenas de flores distintas, un huerto con frutos ecológicos y exquisitos… Un jardín y un huerto que mi madre disfruta cada día, que a mi padre le apasiona cuidar cada día y que enriquece y nutre la vida de sus hijos, sus sobrinos, sus vecinos, las abejas, los pájaros, la tierra, el aire…. Ese es mi ejemplo del Amor.

AMANECER EN LA CIMA DEL MONTE FUJI

Ahora que ya he vuelto y procesado un poco la experiencia, sé que han sido las montañas de Japón, las que estuvieron llamándome toda la vida.

Han sido ellas las que me han brindado las experiencias más increíbles.

Sublimes en intensidad, tanto de placer como de dolor.

En Japón a las montañas se les pone el apodo San.

Igual que a las personas.

Allí yo me llamo Fanny San.

Y las montañas son Fuji San, Kurama San, Koya San…

Adoro ese gesto de respeto.

Fuji San es un volcán.

Tengo la sensación de estar caminando a lomos de un inmenso dragón dormido.

Puedo sentir su pulso, su respiración, su fuego interno…

Me deslizo por su pelaje.

Lo acaricio con mis botas respetando su sueño…

Cuando planeaba el viaje tenía dudas sobre si sería capaz de completar el ascenso.

Y me lo pensé mucho.

Mucho.

Pero la posibilidad de contemplar el amanecer desde el punto más alto del país del Sol Naciente era demasiado tentadora.

La comodidad nos atonta.

Nos vuelve conformistas, conservadores, temerosos, flojos…

Permanecemos presos de nuestros objetos, nuestras casas calenticas, nuestras rutinas por muy dolorosas que sean.

Es una inercia que toma velocidad como una bola de nieve que se va haciendo cada vez más grande.

Y un día descubres que eres un robot.

Que el tiempo está pasando demasiado deprisa.

Que no recuerdas la última vez que algo te hizo vibrar el corazón…

El ser humano es un bicho diseñado para la supervivencia.

Necesita retos, esfuerzo, superación, movimiento físico… motivos para sostener la existencia.

Y si no los tiene, enferma.

Por eso hay locos que escalan ocho miles y se juegan la vida sólo por ver el horizonte desde la cumbre.

Que abandonan sus vidas resueltas y cómodas para entrenarse en la dificultad.

¿Para qué?

Me lo he preguntado muchas veces mientras los veía en el telediario de las tres con el estómago lleno.

Ahora los entiendo.

Fuji San tiene casi cuatro mil metros y nueve fases de ascenso.

Mi plan era empezar en la quinta, descansar unas horas en un albergue de la octava y completar la última fase de madrugada para llegar justo en el momento del amanecer.

Era mi plan y el de decenas de personas más.

Al fin y al cabo, escalar el Fuji es la “tarea” espiritual de todo japonés.

11:00

Busco un buen palo en el bosque y comienzo mi ascenso.

En principio el sendero es sencillo y está plagado de árboles.

Hay muchísima niebla.

De hecho no he podido ver el Fuji desde abajo, desde el poblado donde pasé la noche anterior, Kawaguchico.

Es lo habitual.

Pero me dió mucha pena.

Sólo espero que no llueva ni haga demasiado frío.

13:00

Voy tranquila y a buen ritmo.

Las vistas seguro que son increíbles, pero hay tanta niebla que apenas veo a unos metros.

¡¡Jo!!

14:00

¿ Y si no puedo?

Cuando veo a todos los demás subiendo superpreparados con sus equipos de montaña, los palos de senderismo, ¡¡botellas de oxígeno!!

Y yo con mi palo del bosque, unos leggins de algodón, mis botas viejas a punto de morir y un chubasquero del decathlon.

¡Ay, dios!

Creo que no me he preparado lo suficiente.

15:00

El terreno es resbaladizo, roca volcánica que se desprende con facilidad.

Enamorada de mi superpalo del bosque.

De repente siento el sol en mi cara.

¡¡Estoy por encima de las nubes y la niebla!!

¡¡Qué pasada!!

16:00

El camino se hace cada vez más rocoso.

En algunos tramos tengo que escalar a cuatro patas.

Las rodillas empiezan a protestar un poco.

Estoy animada.

Y sorprendida con mi recién descubierta habilidad de trepar.

¡Mola!

17:00

Queda muy poquito para llegar al albergue.

No se ve el paisaje de montañas y lagos que debe haber debajo, pero a cambio las nubes colorean paisajes algodonosos increíbles.

Y sol derrama estelas de luz difuminada.

Estoy ya a 3.200 metros.

No se si es la emoción de completar las fases o la falta de oxígeno, pero tengo un colocón maravilloso.

Seis horas de duro ascenso y sólo quiero seguir subiendo.

Y quiero bailar, reir y abrazar uno por uno al resto de los montañeros.

Luego recuerdo que son japos y se intimidan con una mirada y desisto.

Me como mi efusividad con papas.

La que inventó a Heidi debió inspirarse aquí.

¡¡¡Lon lorón lorón hihu y ya hihú y ya hihú… abuelito dime tú porque yo en la nube voy…. dime por qué todo blanco eeeees, dime por qué yo soy tan feliz… abuelitoooooooooooo!!!

¡¡Ay que colocónnnnnnnnnn!!

18:00

Atardece.

No hay palabras para describir el color de cielo.

Pero hace tanto frío que no me puedo parar a disfrutarlo.

Llego al albergue.

De repente me da la impresión de estar en un campamento militar.

De forma estricta, poco amable y en perfecto inglés (jolín, no parecen japoneses) me dan una bolsa para meter las botas y un número en una maderita para la cena.

Me meten prisa.

Me enseñan mi “cuarto”.

Creo que Spilberg se inspiró aquí para los campos de concentración de la lista de Schindler.

Un saco de dormir extendido en un futón donde hay otros seis sacos pegados los unos a los otros.

Y cada cuarto tiene dos futones en suelo y dos en litera.

O sea que voy a dormir como sardina en espeto con 24 desconocidos sin duchar y con las botas de escalar dentro del futón .

No hay agua, con lo que tampoco hay grifos ni para lavarse los dientes.

Ni ventanas.

Y he pagado por esto más de 50€, el segundo alojamiento más caro del viaje. Es lo que hay.

Mi loba territorial interior empieza a ponerse un poco ansiosa.

Necesito aire, pero fuera hace un frío que me quita las tonterías de un guantazo.

Me llaman para la cena.

El típico arroz con curry.

Parece comida de campamento militar, pero está caliente y me sabe a cielo.

21:00.

Estoy congelada.

Venga tranquila, son sólo unas horas…

Les compro unos leggings termales y me voy a mi saco.

Me acuesto vestida en plan crisálida con el gorro del chubasquero puesto para que este saco que alberga un cuerpo distinto cada noche, no toque ni un centímetro de mi piel.

Parezco una momia.

Un concierto de ronquidos impregnado de olores humanos vela mis sueños.

Puedo sentir el aliento de la japo que duerme pegada a mí.

Venga, ¿no les dices a tus alumnos que somos Uno?

Hala, ¡pues a unificarse con la humanidad!.

03:00

Me despierto.

Sorprendentemente he dormido algo.

Es noche cerrada, pero me quedan casi dos horas de ascenso antes del amanecer.

Frío intenso.

Un cielo plagado de estrellas.

En lo alto, un sendero serpenteante de personas subiendo con las lucecitas de sus frontales.

Como una procesión silenciosa de semana santa.

Impresiona.

Estamos locos.

Los humanos estamos rematadamente locos.

04:00

Empieza a clarear.

El azul pálido del cielo aún sostiene un puñado de estrellas.

Esta última fase es especialmente difícil, es preciso escalar todo el tiempo por caminos estrechos.

Voy subiendo a buen ritmo, pero hay tanta gente que a veces se colapsa el tránsito.

¿Llegaré a tiempo?

04:45

Piso la cima.

¡¡¡Estoy en lo alto del Fuji!!!

¡¡Lo he conseguido, jolín!!

¡¡Estoy aquí!!

El gélido viento me corta la piel de la cara.

Busco un sitio para ver el amanecer porque esto está plagado de gente.

05:00

El sol.

El mismo sol de todos los días, el que he visto salir tantas veces, parece hoy distinto.

Será el esfuerzo.

La falta de sueño o de oxígeno.

Será el mar de nubes que lo rodea.

Seré yo.

Pero me parece el espectáculo más increíble que he contemplado en mi vida.

Me quedo sin palabras, sin pensamientos, casi sin aliento.

Aunque el frío me obliga a moverme a los pocos minutos.

Paseo alrededor del cráter.

Parece otro planeta.

Son las 6 de la mañana, llevo casi tres horas caminando y ahora me quedan unas seis más de bajada.

Y casi sin dormir.

La euforia del ascenso, de llegar a la cima, no me ha permitido darme cuenta de que lo duro está por venir.

La primera hora bajo en estado de éxtasis.

El sol comienza a calentar y está lo suficientemente despejado como para poder disfrutar del fascinante paisaje de montañas y lagos que me perdí ayer.

Me paro de vez en cuando y canto.

Canto melodías y sonidos que no sé de dónde salen.

Plenitud.

Me siento como Leonardo di Caprio en la proa del Titanic.

¡¡Soy la reina del mundoooo!!

Es preciso bajar lentamente porque las rocas se desprenden y resbalan.

Una hora.

Otra hora.

El agotamiento empieza a poseerme, las rodillas tiemblan de dolor.

Veo un cartel en el que anuncian que aún faltan tres horas de ruta.

Y siento que no puedo más.

Pero tengo que seguir.

Otra hora más.

Y vuelve el calor pegajoso que me hace empapar de sudor toda la ropa.

Otra hora.

Y me quiero morir.

No puedo… no puedo más.

Me siento un rato.

Quiero llorar.

Pero he sudado hasta las lágrimas.

Quién demonios me mandará meterme en estas cosas.

Qué hago yo aquí en lo alto de este monte tan lejos de mi casa.

Con lo agustico que podría estar en las playas de Almuñécar llenas de granadinos y de niños gritones comiendo toooortas de chocolateeee….

¡¡Mis rodillas, mis preciosas rodillas… las estoy destrozando!!

¡¡¡Quiero una cama blandita, un jacuzzi, una toalla de rizo y no la toalla esta del Decathlon que, vale, ocupa poco sitio, pero no seca nada!!!

¡¡¡Quiero comodidad, aunque me atonte!!!

¡¡Qué sentido tiene todo esto, subir y bajar un volcán!! ¡¡Estamos locos!!

¡¡Los humanos estamos muy muy locos!!

¡¡Que hago yo aquí con toda esta gente tan rara….!!

¡¡Quiero ir a casaaaaaaaa!!

¡¡Mamáaaaa!!

¡¡Buaaaa!!

Pero tengo que seguir.

Como en la vida.

Tengo que seguir adelante.

Venga un paso, luego otro.

Treinta minutos más… sólo treinta minutos más.

Me parecen treinta horas.

Y por fin llego.

Al lugar donde empecé ayer.

Literalmente destrozada.

No soy, no existo.

Aún tengo que apañármelas para coger un bus de vuelta a Tokio.

Faltan un par de horas eternas.

No soy, no existo.

Y desde el bus, ya a lo lejos, diviso la silueta de Fuji San.

El día anterior no pude verlo por la niebla.

Me emociono.

Pensaba que no lo iba a ver.

Pero es como si hubiese salido a despedirme.

Lo percibo imponente, solemne, inmenso…

No puedo creer que hace sólo unas horas estuviese allá en lo alto.

Estoy loca, definitivamente estoy muy loca.

Pero feliz.

KUMANO KODO

Nos enfrentamos a la vida con un plan predeterminado, una ruta, una serie de expectativas y deseos que esperamos que se materialicen en la realidad.

Como si nos creyésemos más listos que la propia vida.

Como si aún no hubiésemos aprendido que la vida al final siempre nos trae situaciones, personas, aprendizajes… que son mucho más interesantes que los que esperábamos.

La mente humana es pequeña y tiende a la soberbia.

Es limitada.

La vida es pura incertidumbre.

Pero sorprendentemente creativa, sabia e ilimitada.

Así comenzó mi ruta del Kumano Kodo.

Kumano (lugar profundo) Kodo es el origen de la espiritualidad japonesa.

Una serie de rutas que unen tres santuarios en las que se peregrina desde hace más de mil años.

El hermano japonés del Camino de Santiago.

Vale, era importante tener una ruta porque pasar 4 días caminando por bosques repletos de osos, serpientes venenosas y avispas gigantes requiere cierta planificación.

Pero todo lo que pasó durante esos días fue completamente inesperado.

El primer día, me perdí.

Más bien nos perdimos porque hice ese tramo acompañada.

Conocí a una chica catalana en el albergue que iba a hacer la misma ruta a la misma hora.

Después de veintipico días sola en un país tan ajeno, me pareció interesante hablar en mi idioma y sobretodo, poder descansar de mí misma unas horas.

Pero tanto hablamos que nos despistamos de la ruta.

Darse la vuelta y volver al origen después de caminar durante cuatro horas no es una decisión fácil.

Pero a veces es la más sensata.

Así que al final llegué a mi destino, el alojamiento que tenía contratado, tras ocho horas de caminata y media hora de autobús.

He llegado, estoy a salvo, he conocido un poco a una persona, he caminado por bosques increíbles, he puesto a prueba mi capacidad física, emocional, mental, la humildad de admitir un error y la capacidad de buscar soluciones y nuevas estrategias….

Jolín, mucho más que lo que he aprendido en algunos cursos de desarrollo personal, que por cierto, me costaron una pasta.

Entonces, ¿por qué esta sensación agridulce?

¿Por qué este sabor a fracaso?

¿Qué carajo entendemos por éxito?

¿Que suceda lo que he imaginado o esperado?

Primera lección del camino.

Aprendo.

Me relajo.

Y la vida me premia con una preciosa habitación para mí sola, un baño en aguas termales, una cena y un desayuno tradicional, preparado con mucho amor por una anciana japonesa que no habla una sola palabra de inglés.

Segundo día.

Retomo la ruta.

En mitad de un bosque perdido entre montañas, me viene la regla.

Sí, son cosas que nos pasan a las mujeres viajeras y de las que nadie habla.

Además de todos los preparativos de viaje tenemos que llevar un arsenal de compresas.

Y las llevaba.

Pero tuve que enviar mi equipaje al último albergue para no cargar con la mochila.

Y no, no había caído en eso.

No tocaba.

Joder tengo un puñetero reloj suizo en los ovarios.

¡¡No tocaba hoy!!

¡¡¡¿¿Y ahora qué coño hago??!!!

Faltan horas para llegar al siguiente poblado.

Camino y pienso en posibilidades.

Tras una hora de andar a toda leche veo unas cuantas casas.

Vale, en alguna de esas cuatro casas tiene que vivir una mujer en edad fértil.

Ahora a ver cómo diablos me explico.

Mis clases de japonés no habían previsto este momento y aquí, no tengo cobertura para usar el traductor de google.

Llamo a una puerta.

Abre una señora de unos 80 años.

Empezamos mal.

Bueno, al menos es una mujer.

A ver, sé decir en japonés: por favor, perdón, necesito ayuda, baño, rojo… ¡¡y sí!!, sé decir “sangre” gracias a una técnica de reiki, seguro que el término no es el adecuado, pero puedo intentarlo.

Y gracias a la vida, a mi capacidad mímica y a la maravillosa empatía y solidaridad femenina, la señora me entendió.

Y me ayudó.

Gratitud absoluta.

Me partí la cintura haciéndole reverencias al estilo japonés: “doomo arigatou gozaimasu, doomo arigatou gozaimasu, doomo arigatou gozaimasu”.

Cuando apenas me había recuperado del engorroso momento, llego a un pequeño santuario, Fushiogami-oji.

Leo un cartel que cuenta la historia de una peregrina, una famosa poetisa: Izumi Shikibu.

Hace más de 1.000 años hizo el Kumano Kodo y justo en ese lugar, comenzó a menstruar.

En la tradición japonesa se considera impura la sangre menstrual por lo que en esos momentos a las mujeres no se les permitía realizar los rituales de purificación.

Así que ella completamente abatida, escribió un poema que se hizo muy famoso.

Al leer la historia se me hiela la sangre.

La de las venas y la menstrual.

Alucino.

¿Cómo es posible esta coincidencia?

A ver, que algún experto en estadística me explique la probabilidad que existe de que esto sucediera exactamente este día y en este lugar.

¿Y qué mente enferma puede imaginar que la sangre que da la vida pueda ser impura?

¡Cuánto miedo a la preciosa energía uterina!

¡Qué oculta ha estado la sabiduría ancestral femenina!

Las tradiciones, las enseñanzas, las técnicas espirituales han sido creadas por hombres.

Mientras que nada se sabe de grandes maestras que quedaron relegadas al papel de madres, esposas, prostitutas….

Incluso a día de hoy los “maestros famosos” son principalmente hombres.

Yo misma he tenido más “maestros” que “maestras”.

Se me revuelve la sangre.

La de las venas y la menstrual.

A tomar por saco.

Segunda lección.

Hay que crear técnicas para hembras mamíferas humanas.

Tercer día.

Hago una parte del camino en bote tradicional, como los peregrinos de hace un milenio.

Un precioso itinerario hasta la costa a través de un extenso río rodeado de montañas.

Una de las experiencias más bellas del viaje.

Y pensar que estuve a punto de perdérmela porque era una actividad un poco cara…

Tercera lección.

El dinero usado en experiencias emocionalmente significativas multiplica su valor.

Ahorra en lo intrascendente.

Invierte en lo que te dejará una huella en la memoria, el corazón y el cuerpo.

Cuarto día.

Llego al último santuario: Nachi-Taisha.

Verlo aparecer después de un intenso sendero de ascenso plagado de cedros y cipreses centenarios genera una explosión en mi pecho.

Me senté en un banco mirando a las montañas y comencé a llorar.

En el país donde nadie expresa sus emociones yo no podía parar de llorar.

Lloré por todo.

O quizás por nada.

La mente intentaba entender y buscaba mil motivos.

Y los había.

Veintipico días caminando muchísimo y durmiendo poco, el calor húmedo y extenuante que impedía dejar de sudar un sólo instante, la soledad, el cocktel de emociones intensas, el final del kumano kodo, los últimos días de mi viaje…

Pero en el fondo sabía que ese llanto venía de un lugar mucho más profundo.

De una sensación de estar viva, de ser Vida que la mente jamás podrá entender.

De ser al mismo tiempo universo y motita de polvo que se desvanecerá en el espacio.

De sentir tanto y de saber que un día desapareceré incluso del recuerdo de los que me aman.

Cuarta lección.

No hay lecciones.

Sólo momentos sucediendo en un flujo constante.

Nos creemos más listos que la vida.

Y no tenemos ni puta idea.

EL CAMINO DE LA FILÓSOFA

En el norte de Kyoto, conectando varios templos y santuarios se encuentra el “tetsugaku no michi” o el sendero de la filosofía.

Es una preciosa ruta de unos dos kilómetros de largo paralela al estrecho canal Shishigatani que forma parte del sistema de canales que llegan hasta el lago Biwa.

Se le llama así porque uno de los profesores de filosofía más importantes, Nishida Kitaro, solía meditar aquí mientras caminaba hacia la Universidad de Kyoto.

La palabra “tetsugaku” fue creada por Nishi Amane en 1.874 tratando de traducir el significado occidental ya que no existía en japonés, al menos no como se entiende en nuestra cultura.

Tetsugaku surge de los caracteres ideográficos que significan “sabiduría” y “aprendizaje” (哲学).

El significado latino de filos-sofía es ” amor a la sabiduría”.

Me gusta que Nishi Amane eligiera el concepto aprendizaje.

Le da un punto que no tiene el significado occidental.

El que siempre eché en falta en la universidad.

Que la filosofía sirviera para aprender a vivir mejor y no se quedara en meros juegos de conceptos mentales y teorías.

Porque puedes amar mucho y no aprender nada.

Es la sensación que tuve durante toda la carrera .

Que debatir, analizar y cuestionar teorías no te hace más feliz.

Sin embargo, al mismo tiempo, sentía que sufrimos por nuestra forma de interpretar el mundo.

Y sufrimos mucho.

Hace falta mucha filosofía, pero no precisamente la que se me enseñó en la facultad.

Por eso busqué una nueva forma de seguir amando la sabiduría.

Mi propio camino.

Inseparable de mi vida personal.

Por eso aunque este viaje se inició por mero placer y celebración de la vida, acabó convirtiéndose en una peregrinación espiritual.

No era mi intención.

Pero salió así.

Después de la parte más turística en Tokyo, Kamakura, Enoshima, Yokohama, Nikko, Kanazawa, Shirakawa, Takayama, Kyoto, Osaka e Hiroshima, vendrían los platos fuertes.

La pregrinación a distintas montañas muy conectadas con las tradiciones espirituales japonesas más ancestrales.

Monte Misen en Miyajima, Monte Kurama en Kyoto, Monte Koya, las rutas del Kumano Kodo (el camino de Santiago japonés) y culminar coronando el Monte Fuji.

Un itinerario intenso y exigente físicamente.

Por eso no escribí durante algunos días.

Por eso mi diario de viaje va con retraso.

Y aunque en realidad todo el viaje, desde que compré el billete en la noche de reyes está siendo una peregrinación, la parte más profunda comenzó aquí en el “tetsugaku no michi”.

No podía ser de otra manera.

LA MAGIA DE MIYAJIMA

En la Isla de Miyajima hay un gran tori inmenso para que no entren los malos espíritus.

Se puede ver desde que te aproximas en el ferry que parte de la ciudad de Hiroshima.

Los tori, son esas grandes puertas (que en muchos casos son rojas) y que están a la entrada de todos los santuarios shintoístas.

Marcan la frontera entre el mundo espiritual y el mundo profano.

Y así sentí yo a la Isla de Miyajima.

Como un lugar sagrado y protegido que empezaba a marcar la diferencia entre el viaje turístico y el viaje espiritual.

“La isla donde conviven los dioses y los hombres.”

Preparando la ruta había leído mucho sobre la magia de la isla, especialmente cuando se va el último ferry y se vacía de turistas.

Por eso, aunque el alojamiento es un poco caro, decidí quedarme, sería uno de mis lujos.

Y después de 12 días en albergues mochileros, estaba segura de que lo iba a disfrutar.

Pero no imaginaba que tanto…

En Miyajima la marea sube y baja considerablemente.

Por eso durante una parte del día el tori y la zona del santuario se quedan secas.

Y durante la tarde-noche, se llenan de agua.

Ese es uno de los principales atractivos, simplemente sentarse a ver el atardecer y contemplar como va subiendo la marea.

Es un poblado pequeño y hay ciervos sueltos correteando por todas partes, presionando a los turistas para que les den de comer; impregnado el aire de un espeso olor a cabra que se mezcla con el salitre del mar.

Durante el día: turismo masivo.

Por la noche, un sueño.

No había absolutamente nadie.

La marea suave acariciaba los pilares de madera del santuario con un sonido constante.

Todo el borde de la isla estaba serpenteado de pequeñas lucecitas que te iban guiando, invitándote a descubrir zonas nuevas.

El tori iluminado a lo lejos… solo, tranquilo… el protagonista de tantas fotos durante el dia, parecía al fin, respirar en paz.

Creo que es el lugar más romántico donde he estado nunca…

Aunque la verdadera magia llegó a las once.

Cuando todo el alumbrado de la isla, se apagó.

Era 8 de agosto.

Luna llena.

La oscuridad me motivó aún más para seguir descubriendo rincones.

Todas las siluetas de los pequeños edificios se recortaban en un contraluz sobre el cielo iluminado.

Un escenario tan distinto a los que suelo ver…

Acompañada únicamente por el sonido de los cuervos y las ranas.

¿Estoy soñando?

¿Me habré muerto y es este otro mundo?

¿Puede existir un momento más precioso?

A la mañana siguiente me despertarom ruidos de tambores.

Desde la ventana de mi hostal ví navegando unas barcas tradicionales con guirnaldas.

Parecía que el sonido venía de allí.

Estoy de suerte, un festival shintoísta en el que las barcas se acercaban al santuario entonando cánticos; desembarcaban, asistían a una ceremonia y una comilona y después marchaban de la misma manera antes de que la marea bajara.

Un precioso espectáculo.

Pero para mí el espectáculo más interesante fue subir al monte Misen.

Por las increibles vistas.

Y porque me colé a hurtadillas en una ceremonia shintoísta; ellos no me veían, pero yo me empapé bien de la vibración de sus tambores y cuencos en una meditación maravillosa.

Primero en el santuario de montaña en Nikko y ahora en Misen…

Empecé a sentir que eran las montañas de Japón las que me habían estado llamando todo este tiempo.

Eran ellas las que iban a tener muchas cosas que contarme…

Me despedí de la Isla de Miyajima con un platito de ostras y la sensación de que la vida es extremadamente generosa conmigo.

BUDISMO

En el siglo V, procedente de China, el budismo se coló en Japón.

Y rápidamente, se fusionó con el shintoísmo.

Principalmente porque el shintoísmo se encarga de celebrar la vida.

Y el budismo de prepararse para la muerte.

Tal es la fusión que a veces cuesta saber si estás en un santuario shintoísta o en un templo budista.

Suelen ser una mezcla de ambos.

Las principales ramas del budismo en Japón son Tendai y Shingon. Aunque también hay templos Zen.

Kukai (Kobo Daishi) pidió permiso al emperador para que le permitiese fundar el centro del budismo Shingon en el monte Koya.

Un lugar privilegiado en el corazón de la península de Kii.

Actualmente el monte Koya (o Koyasan) es uno de los más importantes enclaves budistas que ofrecen la posibilidad de alojarte en sus templos y convivir con sus costumbres.

Siendo profe de meditación tenía especial interés en esa experiencia.

No profeso ningún dogma, pero me parecía interesante retirarme unos días por esos lares.

Escogí especialmente los días del Obon, una de las festividades más importantes para los japo: cuando los espíritus de sus familiares muertos regresan a la tierra.

En esos días se hacen rituales por todo el país.

En Koyasan se haría una ceremonia especial en el cementerio donde está enterrado Kobo Daishi ( un lugar espectacular de 2 kilómetros de longitud).

Alojarse en un templo, asistir a sus ceremonias, recibir un par de clases de meditación Ajikan (la base del budismo shingon), participar en los ritos del Obon…

Sí, vale… todo muy bonito…

Pero , ¿por qué no me transmiten nada estos monjes?

No percibo el brillo de la compasión en sus miradas.

El canto de los sutras no me conmueve en absoluto.

Sólo veo seriedad, disciplina y negocio.

Jerarquías.

Masculinidad.

Al principio las mujeres tenían prohibida la entrada a Koyasan y había un camino alternativo para ellas.

Me negué a hacer esa ruta.

Recuerdo la ceremonia del Obon.

Después de la maravillosa sensación de hacer la ruta del cementerio con cientos de personas poniendo pequeñas velitas en los laterales se hacía una ceremonia en el templo principal.

Unos 30 monjes con mucha pompa y boato cantaron sutras durante casi una hora.

Y allí estaba yo en medio.

Deseando impregnarme de aquellas vibraciones.

Me coloco en un sitio privilegiado.

Alineo mi columna.

Atención plena.

Receptividad total.

Empieza a surgir una pequeña ola de ira.

La atestiguo.

La dejo estar.

Los monjes cantan con sus trajes de lujo.

La gente les hace reverencias.

Nos vigilan para que no hagamos fotos.

Protocolo.

De repente una niña extranjera de unos 7 años, con su maravillosa inocencia se sube jugando a un sitio que no debe.

Para mí es un soplo de aire fresco.

La vida colándose entre las grietas.

Despierta la ternura y la alegría en los que la observamos.

Desde unos metros se acerca un monje gritando y haciendo aspavientos para que saquen a la niña de ese lugar.

La niña se asusta.

Llora.

Es la primera vez que he visto a un japonés gritar, regañar y ser agresivo.

Mi ira va en aumento.

Quiero salir de ese sitio.

Me da igual si el acto es budista, cristiano, judío o musulman.

Percibo el mismo vacío en todos ellos.

El vacío de lo que se ha alejado de la vida.

Lo que no permite la espontaneidad, la ternura, la risa, la danza…

La repetición absurda de un ritual que hace siglos que perdió su sentido.

La ceremonia termina aún con más pompa y boato.

Salgo.

La indignación no me impide disfrutar del precioso ambiente del exterior del templo.

Velitas, niños correteando, familias recordando a sus seres queridos, música, puestos de comida… vida.

Decido celebrar ese momento con un pinchito y una cerveza.

Al día siguiente me salto todos los ritos, ceremonias, cantos de sutras, meditaciones ajikan y leches en vinagre.

Disfruto de mi preciosa habitación con jardín zen.

Descanso.

Me impregno de la energía del monte Koya.

Me voy al bosque.

Encuentro unos santuarios abandonados.

En uno de ellos hay un precioso gong.

Canto una melodía que me sale del alma.

Me siento arropada por los cedros centenarios.

Acompañada por las chicharras gigantes.

Y por los rayos de sol que se cuelan entre las hojas.

Presente.

Plena.

No tengo religión.

No tengo linaje, ni vengo de ninguna escuela.

No sigo a nadie, aunque aprendo de todo el mundo.

No permito que nadie me siga, pero comparto todo lo lo que aprendo.

Honro mi consciencia.

Y honro mi naturaleza de hembra mamífera humana.

Huyo de todo lo que me aleje de la vida.

Sólo deseo ser lo que soy.

Mi único maestro es este momento.

Mi único ritual, ser…

SHINTOÍSMO

Desde el continente asiático, principalmente de Siberia, Corea y China, llegaron los primeros pobladores a las islas de Japón.

Traían consigo sus prácticas animistas y chamánicas.

En realidad todas las culturas han sido animistas en su origen: dotar de alma a las entidades naturales como el sol, la tierra, las tormentas…

Parece ser que antes de que nuestro cerebro se desarrollara en el aspecto cognitivo, vivíamos en un estado de fusión y conexión con la naturaleza.

Pasa también cuando somos niños: le pintamos una cara al sol y nos relacionamos con los objetos como si estuviesen vivos.

Eso es animismo.

Cuando esos primeros pobladores procedentes de las áridas estepas se toparon con la naturaleza salvaje de Japón quedaron absolutamente a su merced.

Montañas increíbles, bosques de árboles inmensos, explosión de flores en primavera, calor tropical en verano, frío polar en invierno, terremotos, tsunamis, tifones…

¿Cómo no sentirse pequeño, ínfimo, completamente vulnerable en este escenario?

Los kami, la energía vital de la naturaleza, o los dioses como mucha gente interpreta, viven en las rocas, en los árboles, en los animales, en las cascadas…

Y los seres humanos son parte de todo eso.

Cielo-ser humano-tierra es un mismo eje.

Eso es en esencia, el shintoísmo.

El shintoísmo es la base de la cultura japonesa y el origen de sus creencias.

Para mí no es una religión ya que no tiene dogmas ni preceptos.

En principio simplemente se veneraban lugares especialmente energéticos: una montaña estratégica, un árbol centenario (o un conjunto de ellos), una cascada…

Se los rodeaba con una cuerda y se realizaban ante ellos ritos de origen chamánico: campanas, tambores, palmadas, cascabeles… vibración al fin y al cabo.

Con el tiempo se construyeron pequeños templos de madera para realizar esos ritos.

Se les llama santuarios.

Y es lo que más visitaréis si vais a Japón.

Hay cientos.

En cualquier rincón.

Desde los más esplendorosos y llamativos, hasta los más discretos y sencillos que salen a tu encuentro en cualquier esquina, de cualquier zona, de cada ciudad.

Todos se caracterizan por tener una puerta (tori) a la entrada. A veces son rojas, a veces de madera o de piedra y marcan el espacio sagrado.

Los japoneses visitan los santuarios con devoción para practicar sus rituales.

Primero se lavan las manos y la boca en unas fuentes que hay en la entrada (para purificarse); se acercan a la puerta del pequeño templo; tiran una moneda; hacen sonar una campana; dos reverencias; dos palmadas sonoras y una reverencia final que puede incluir una oración.

A veces prenden incienso, ponen una vela, o una especie de tablillas donde escriben sus peticiones.

Compran amuletos.

Y sacan papelitos que predicen su suerte.

Todo con la monedita por delante.

A veces lo que tú quieras poner.

Otras veces tiene un precio que va desde los 30 yenes a los 5.000, es decir, desde unos pocos céntimos hasta los 45-50€.

Se supone que con ese dinero, se sufragan los gastos del santuario.

Desde mi punto de vista lo importante del santuario es que crea una espacio para la conexión energética con algún elemento de la naturaleza.

Desde el punto de vista del turista, lo importante es la foto.

Desde el punto de vista del shintoísta, lo fundamental es el ritual.

Y desde el punto de vista de los cuidadores del santuario, las moneditas y la venta de todo tipo de amuletos y souvenirs.

Los santuarios son mis lugares favoritos.

Especialmente cuando por diversas circunstancias he podido disfrutar a solas de algunos de ellos.

Y han sido muchas veces.

Incluso en algunos que siempre están atestados de turistas como el de Fushimi-Inari en Kyoto.

Casi siempre gracias a la lluvia repentina.

O porque he ido más tarde.

La mayor parte de mis momentos màs intensos , místicos y especiales han surgido en el espacio sagrado de un santuario.

La apertura de corazón en Nikko.

Aquella ruta de 30 santuarios en Takayama que estaba inexplicablemente desierta.

Que me sorprendiera la luna casi llena recorriendo en la oscuridad los cientos de tori de Fushimi-Inari en Kyoto.

La ceremonia shintoísta a la que asistí por casualidad en las montañas de la isla de Miyajima.

La tormenta que me permitió bailar a solas en el monte Kurama.

El silencio de los santuarios abandonados que descubrí en el monte Koya.

El llanto profundo al llegar al santuario Nachi-Taisha después de 4 días de durísima peregrinación en las rutas del Kumano Kodo….

Tantos momentos imposibles de describir….

Llevo 25 días en Japón y los recuerdos ya se agolpan de tal manera que soy incapaz de asimilar todas las sensaciones, enseñanzas, percepciones…

Voy a necesitar unas vacaciones de las vacaciones.

BUNRAKU Y OSAKA

Mi amor por Japón es mucho anterior a mi aprendizaje de Reiki.

Ya siendo titiritera sentía una devoción profunda por el Bunraku.

Una modalidad de títeres tradicionales japoneses.

Como en la mayor parte de los países orientales existe un respeto muy profundo por este tipo de teatro.

Y se cuida.

Y se mantiene con esmero.

De hecho hacen falta décadas para formarse como maestro de bunraku.

Su característica principal es que un sólo títere se mueve entre tres personas: el maestro mueve la cabeza y la mano derecha; el segundo asistente la mano izquierda y sirve de apoyo para coger objetos o controlar la indumentaria: y el tercero, que mueve los pies.

Sólo el maestro, porque es algo digno de honor, lleva la cabeza descubierta. Los otros dos, llevan capucha.

Con lo cual, con seis manos, es el tipo de manipulación que más realismo aporta al movimiento.

Cuando daba clases de títeres, me encantaba explicar esto y ponerle videos a mis alumnos.

El aquel momento no podía siquiera soñar que un día pisaría Osaka, la cuna del Bunraku.

Lamentablemente, mi itinerario estaba cerrado antes de tener la programación del Teatro Nacional y no conseguí cuadrar los días con ninguna función.

Sin embargo, sí que tenían los días en los que estaba en Kyoto.

Así que, ¿ qué son 2 buses, 2 metros y 2 trenes cuando se trata de cumplir un sueño?

Si ya he viajado mas de 12.000km…¿qué son 50 ó 60 más?

Llegué a la función una hora antes con el entusiasmo de una niña de 5 años.

Teatro Nacional de Bunraku de Osaka.

Un precioso y modernísimo pedazo de teatro.

Con la suerte de que dentro, había una exposición.

Debía tener tal cara de ilusión que fueron los vigilantes, dos señores mayores, los que me ofrecieron hacerme la foto con uno de los títeres.

De hecho el pobre apenas atinaba con mi móvil y me tuvo que hacer un montón porque en todas salía con la cabeza cortada.

Y una señora muy mayor y con la espalda muy encorvada, pero que hablaba un correctísimo inglés, me acompañó a lo largo de toda la exposición contándome un millón de cosas.

Ella no podía creer que una española conociera tan bien este estilo.

Me fuí a mi asiento de primera fila.

Dos horas de espectáculo narrado en japonés.

Asumía que no iba a entender nada de la historia, que suelen ser por cierto, bastante complejas.

Pero qué importaba.

Si me faltaban ojos para mirar.

Para observar como se movían.

Con hasta 5 títeres en alguna escena.

Eso son 15 tíos moviéndose de forma perfectamente sincronizada.

Como una danza medida hasta el último detalle.

Siempre con un narrador que cuenta la historia y hace las voces de los personajes y un músico. Ambos cambian en cada acto.

Todo hombres.

No hay mujeres en el bunraku.

El teatro estaba casi lleno.

Con un ambiente más cercano a la devoción sagrada que al de un espectáculo.

Dos horas que pasaron volando.

Dos horas de emoción contenida que desembocaron en alguna que otra lágrima.

No estaba permitido hacer fotos del espectáculo.

Y con esa norma no me hice la guiri.

Por respeto a los artistas.

Durante la vuelta a Kyoto, intentaba asimilar toda la belleza que acababa de presenciar.

Pensaba en los titiriteros, compañeros y alumnos, con los que me hubiese gustado compartir esa función.

Me sentí priviligiada.

También eché un poco de menos mi antigua profesión.

Hacía justo un año que había hecho el último bolo.

Sentí pena de que en España no se cuide, se proteja y se valoren los títeres como lo hacen en Japón y como ví que se hacía en Irán.

En España hasta la palabra titiritero es un insulto que incluso se permiten usar políticos corruptos.

Si ni siquiera hay una puñetera asignatura de títeres en Arte Dramatico…

En España son muñequillos para los niños.

Pena e indignación.

Y mucha gratitud por todo lo que los títeres y los 14 años en que he sido titiritera, han aportado a mi vida.

Ayer volví a Osaka como tenía previsto.

Una ciudad vibrante.

Aunque por los anuncios luminosos, el gentío y el ruido podría parecerse a Tokyo, no tiene nada que ver.

Lo sentí en cuanto salí del metro.

Tiene una energía muy distinta.

Más campechana.

Menos reglada.

La gente te mira.

Aquí no soy invisible.

Ayer y hoy me he dejado seducir por la movida nocturna del barrio de Dotombori.

Y por momentos, me he sentido como un personaje de Blade Runner.

O de Futurama.

Si de repente hubiese aparecido una nave volando, no me hubiese sorprendido en absoluto.

La luna menguante seguía mis pasos por la vereda del río.

Olores distintos de cada puesto de comida callejera.

Cientos de personas de formas, colores y vestimentas diferentes.

Melodías a todo volumen de los anuncios, tiendas y discotecas fusionándose entre sí.

El frescor del río después de un día extenuante de calor húmedo.

El sabor exótico del Okonomiyaki de la cena, aún en mis labios.